
El Vecino
Poco después de la primera semana de que Eduardo se había mudado a su nuevo departamento en los suburbios de Buenos Aires, notó que algo raro ocurría.
Todas las tardes salía a escribir, pero aquélla tarde, encontró una sorpresa, un vecino en el balcón mas cercano realmente se le parecía, incluso se vestía con el mismo estilo de sus camisas, lucía una barba y unos bigotes como los de él, anteojos, y leía tal como Eduardo lo hacía por las tardes, fumando de una pipa como la suya.
Al principio Eduardo pensó que era coincidencia, pero cada vez que él salía, en unos pocos minutos el vecino allí estaba, en el balcón, aunque ya se había hecho un hábito para él.
Una mañana, saliendo a la escuela donde daba clases de filosofía, Eduardo se cruzó casualmente en la vereda con su vecino, a quién pudo ver desde más cerca, y fácilmente pudo distinguir que era mas joven que él, tal vez unos veintipico, mientras que él ya había pasado los cuarenta hacía un par de años. También pudo distinguir que sus rasgos no eran similares, lo cual lo hizo sentir satisfecho, ya que en aquéllos días había comenzado a tener paranoias con su vecino, porque las coincidencias parecían absurdas.
Eduardo, más calmado e incluso algo contento, después de notar las diferencias con su vecino, estiró su mano para saludarlo.
-¿Qué tal? Te he visto en el balcón, soy nuevo en el edificio, vivo en el noveno- Se presentó Eduardo.
-Mucho gusto, Eduardo- Se presentó el vecino, con una expresión extraña en su cara jóven.
-¿Cómo sabías que me llamo Eduardo?
-¡Oh! Yo me llamo Eduardo ¿vos también?- Preguntó el vecino, con desconcierto en su cara- ¡Que coincidencia! La verdad me preguntaba si estabas imitándome o algo así.
Eduardo sonrió, pero detrás de su sonrisa ocultaba rabia, creía estar siendo burlado por aquél desconocido.
-Bueno, yo pensé lo mismo, ha sido un gusto Eduardo, me tengo que ir a trabajar, cuídese.
-Usted también Eduardo, yo también me tengo que ir a trabajar, doy clases de filosofía- replicó el vecino.
Eduardo se rió, otra vez, asumiendo que el vecino tenía alguna información sobre él, y estaba burlándose, subió a su coche sin decir más y pensó mientras conducía en todo lo que acababa de ocurrir.
Eduardo era un hombre solitario, pero no tenía enemigos, trataba de imaginar que alguien podría estar jugandole una broma, pero no tenía idea de quién podría ser.
Al llegar a la escuela saludó a los otros profesores, y en unos pocos minutos se dispuso a entrar al aula, cuando vió por detrás del vidrio de la puerta que su vecino estaba en el salón dando la clase en su lugar.
Eduardo abrió la puerta con cara de desorientación, los alumnos lo miraron, lo reconociéron, algunos se reían, pero nadie entendía lo que estaba ocurriendo.
La primera imágen que pasó por el cerebro de Eduardo fueron sus puños golpeando la cara de su vecino hasta hacerlo sangrar, pero después de observarlo por unos segundos, hablando sobre Jacques Lacan, se compadeció por el joven, y lo observó con ojos de padre.
-Eduardo necesito que hablemos, por favor- dijo Eduardo.
El joven detuvo la clase, y se dispuso a salir de la sala para hablar con Eduardo.
-Ésta es mi clase, es mi trabajo, todos mis alumnos y las personas que trabajan en la escuela me conocen hace años ¿Que estás intentando hacer? Creo que deberías irte a tu casa.
-Vos deberías irte a tu casa- replicó el joven, yo estoy trabajando.
-Si querés podemos tomar un café cuando termine, pero es mejor que te vayas ahora- respondió Eduardo, intentando ser amistoso con el joven, pero éste no entraba en razón.
Eduardo fue a la dirección y explicó a la directora lo que estaba ocurriendo, la mujer tuvo que ver con sus propios ojos, para creerlo, y después de fallar en intentos por hacer que el joven detuviera sus charlas en frente de la clase, la directora llamó a la policía.
En unos minutos la policía llegó, y fueron a sacar al joven impostor de la clase, lo esposaron, lo metieron en un auto, y desde allí miraba con ojos de tristeza a Eduardo, como si lo hubiese herido por no dejarse sustituir.
Pasaron un par de semanas, y Eduardo no había vuelto a ver al joven, no podía dejar de pensar en ese desgraciado enfermo mental. Se preguntaba si la policía lo habría internado en algún manicómio, y también se preguntaba si alguien cuidaría de él.
Eduardo pasó noches de poco dormir con horribles presentimientos, como si hubiera una parte de él que sentía pena por aquél desdichado.
Una mañana decidió llamar a su puerta, para comprobar si alguien atendía. Una mujer de sesenta y pasados años de edad, le atendió, tenía el cabello suelto, más o menos largo, y su mirada extraña, como pretendiendo ser sensual.
La mujer se presentó, y dijo ser Debora de Corral, le invitó una taza de té, y Eduardo la escuchó por unos minutos hasta descifrar dos cosas, la primera que la mujer estaba sin dudas loca, la segunda que era la madre de su vecino, quien según ella era un joven que había participado del programa que ella conducía llamado "Quiero ser".
Eduardo salió de la casa de la mujer en poco tiempo, y en poco tiempo también se vistió y se encaminó hacia la calle.
En uno de los pasillos vió al joven, ahora su barba era blanca, y caminaba encorbado, ayudado por un bastón.
u.V